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La cacería ya empezó

14-09-2016
VALORACIÓN


Beso Negro
Reseña de la antología de novela de Beso Negro, una edición especial de la colección Pelos de Punta
Reseña por el escritor Hernán Domínguez Nimo
Creada por Emiliana

Para un escritor, su texto —cuento o poema— es un hijo. Un hijo que engendra al escribir, cría al corregir y deja libre cuando lo cree listo, para ver cómo se las arregla en el mundo. Criar ese hijo es un juego de imaginación. Uno mira al recién nacido, bebé indefenso, e imagina todo lo que puede ser. Todo lo que se le puede hacer.

 

El cadáver exquisito es un hijo que uno procrea y entrega en adopción antes de verlo crecer. Lo pasa de manos, no porque no pueda criarlo él mismo, sino por pura diversión. O perversión si prefieren. Al escritor de un cadáver exquisito le encanta, le divierte experimentar con su hijo. Como lanzar una bola de nieve en la cima de la montaña o empujar la primera ficha del dominó, solo para ver qué pasa.

 

Y el juego se potencia porque cada padre adoptivo no se dedica a criar a niño en la dirección prefijada, la dirección lógica. La mente retorcida de cada escritor se dispara, excitada por la presencia de carne joven. Fue usada —y abusada— por otros antes, pero para él es su primera vez. Y quiere dejar su propia marca en esa carne.

 

El regodeo de todos los padres de la criatura —y del lector— ocurre en el reencuentro con ese hijo, ya crecido, luego de haber sido adoptado y criado por otros. Si el juego sano de la escritura de una novela es verla crecer, aquí el juego perverso es descubrir en qué se convirtió ese hijo recién nacido que despachó al mundo una fría mañana de invierno. Cómo lo trataron, lo transformaron, lo deformaron la vida —y sus otros padres—. Qué tan torcido creció. En Beso Negro este juego es doble. Porque a la perversión del cadáver exquisito se le suma la de la temática.

 

No es una lectura fácil entonces la de Beso Negro. Está impregnada por la depravación, no de uno sino de doce escritores. Cada una está provocada por las demás, una perversión que no es simple suma sino que se potencia porque las máscaras de animales infunden el valor del anonimato, los actos bestiales de uno desatan los de los demás. El vicio y desenfreno de cada uno de los personajes se desencadena en la seguridad de la horda, nace de la manada.

 

Beso Negro es eso, una orgía sangrienta. Doce escritores se ponen una careta y conforman una secta en la que todo está permitido, en donde se premia al que empuja los límites más allá. En algún momento, un escritor engendra un hijo —una hija en realidad—, y siembra en ella su propia semilla a través de su semen y la tortura física. Y luego de morir la arroja al mundo vestida con su máscara de Toro para comandar esta manada bestial.

 

 

¿Qué sucede después? Todo. Imposible contarlo sin describirlo, imposible describirlo sin reescribir el libro entero. Porque en este cadáver exquisito que huele a sexo, sangre y miedo, las sensaciones y las perversiones lo son todo. El lector solo tiene que abrirlo —como si abriera la reja de una casa de fiestas clandestinas—, ponerse una máscara y dejarse llevar.


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